Desastres naturales y cambio climático: la reducción de los riesgos es la mejor protección

 

Por John Holmes, Secretario General Adjunto de Asuntos Humanitarios y Coordinador del Socorro de Emergencia de las Naciones Unidas. Presidente de la Estrategia Internacional para la Reducción de los Desastres (ISDR).

 

Los osos polares han evolucionado durante miles de años para adaptarse a un clima severo. En la actualidad, observamos cómo algunos de estos admirables animales quedan atrapados en témpanos de hielo que se derriten a la deriva. Hoy día, los osos no tienen tiempo para adaptarse a los rápidos cambios climáticos y en tan sólo algunas décadas podrían enfrentarse a la extinción. ¿Seguiremos el camino de los osos polares a medida que aumente el nivel del mar, el clima se haga más severo y nos azoten fuertes tormentas, inundaciones, olas de calor y sequías, tal como predicen los científicos?

Por supuesto que no, porque, a diferencia de los osos polares, podemos adaptarnos rápidamente para protegernos de los desastres naturales. Utilizando métodos simples y económicos podemos salvar vidas y preservar tierras y medios de vida. Disponemos de los conocimientos y la experiencia necesarios para cambiar esta situación, pero hace falta voluntad para poner manos a la obra hoy mismo, antes de que nos sorprenda el próximo desastre.

No tenemos tiempo que perder y no estamos hablando solamente del cambio climático. El ritmo acelerado de la urbanización y del crecimiento de la población pone a más personas en peligro. En el curso de los últimos 30 años, los desastres naturales afectaron a una población cinco veces mayor que la que sufrió los embates del clima tan sólo una generación atrás. Las megalópolis construidas en áreas de actividad sísmica o en líneas costeras expuestas corren especial riesgo. En ciudades como Mumbai, El Cairo, México, D.F. y Lagos, cada una con más de 10 millones de habitantes, el deterioro de las infraestructuras, la erosión de los suelos, las condiciones de hacinamiento y la falta de servicios de socorro suficientes podrían resultar en una catástrofe si llegara a producirse un gran terremoto o si recibieran el embate de una serie de tormentas.

No caben dudas de que el cambio climático acentuará nuestra vulnerabilidad a los desastres naturales. Como se señala en el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el calentamiento mundial podría exponer a cientos de millones de personas a un mayor riesgo. Por ejemplo, el aumento de las precipitaciones provocará inundaciones y deslizamientos de tierra; las sequías más frecuentes afectarán la disponibilidad del agua y el rendimiento de las cosechas; el aumento de la temperatura traerá aparejado un mayor número de olas de calor; y el ascenso de la temperatura de los océanos potenciará la severidad de las tormentas.

¿Qué hacer ante esta situación? Hay muchas cosas que están a nuestro alcance. No debemos quedar paralizados por el pánico ni sumirnos en la desesperación ni confiar tranquilamente en que la tecnología llegará al rescate. Es hora de poner manos a la obra y construir comunidades mejor preparadas para resistir a los desastres y dado que, como siempre, los países más pobres son los más vulnerables, es allí donde debemos comenzar a trabajar.

La buena noticia es que las herramientas necesarias no son costosas, especialmente en comparación con el costo potencial de los desastres naturales. Según cálculos de expertos, 1 dólar que se invierta actualmente en la reducción de los riesgos puede redundar en economías de hasta 7 dólares en los costos de socorro y recuperación en el futuro. Muchas de las herramientas más eficaces consisten simplemente en la movilización de la población y el uso de tecnologías de bajo costo para salvar vidas. Los sistemas comunitarios de alerta temprana, la educación para la prevención de desastres y los planes de evacuación a nivel local y la aplicación de mejores técnicas de cultivo y ordenación de las tierras son sólo algunas de las iniciativas que se están llevando a cabo con gran ingenio y éxito en algunos de los países más empobrecidos del mundo.

Un conocimiento básico de los peligros es el mecanismo de reducción de riesgos más eficaz. En la isla de Simeulue (Indonesia), ubicada cerca del epicentro del tsunami de 2004, las generaciones anteriores habían enseñado a los habitantes actuales qué hacer ante un terremoto y una posterior retirada repentina del océano, como ocurrió el 26 de diciembre de 2004: hay que huir hacia las colinas. En consecuencia, murieron menos de 10 de los 78.000 habitantes de la isla a causa de las olas gigantes. Los habitantes de la vecina Aceh no contaban con un conocimiento comunitario o un sistema de alerta similar. En algunas zonas murió casi el 90% de la población.

En Bangladesh, tras los ciclones devastadores que arrasaron el país, primero en 1970 y nuevamente en 1991, y mataron a medio millón de personas, se estableció un “sistema humano de alerta temprana” de base comunitaria a lo largo del Golfo de Bengala. Los aldeanos recibieron capacitación para construir refugios anticiclones, diseñar planes de evacuación y adoptar otras medidas sencillas. En los últimos años, se redujo drásticamente el total de muertes a consecuencia de los monzones y las intensas lluvias.

Cuba es un referente en el ámbito de la preparación y la educación para los desastres naturales. En septiembre de 2004, el quinto mayor huracán de toda la historia del Caribe por su nivel de intensidad azotó la isla, con vientos de 200 kilómetros por hora. Se evacuó a aproximadamente2 millones de personas (más del 15% de la población) de manera segura. No murió ni una sola persona. El verano siguiente, el huracán Dennis asoló a 14 provincias de Cuba, afectando a cerca de 8 millones de personas (el 70% de la población). Gracias a las eficaces medidas de movilización y evacuación de las comunidades, fallecieron menos de 20 personas.

Contar con mejores políticas de uso de la tierra también puede salvar vidas, especialmente en áreas densamente pobladas o fuertemente erosionadas. En 2004, un huracán mató a aproximadamente 3.000 personas en Haití, pero sólo un reducido número de personas murió en la otra mitad de la isla. Esta diferencia se debe a que los árboles de mangle plantados en la línea costera de la República Dominicana, amortiguaron los fuertes vientos y las grandes olas, mientras que las laderas de las colinas, bien forestadas, evitaron que se produjeran fatales deslizamientos de lodo.

La reducción de los riesgos constituye la mejor protección que podemos adoptar para preservar la inversión en el desarrollo. De la noche a la mañana, un gran desastre puede destruir varias décadas de avance en el ámbito del desarrollo. En el Pakistán, el terremoto de 2005 costó 5.000 millones de dólares por concepto de daños, lo cual equivale aproximadamente a los préstamos que el Banco Mundial concedió a ese país en la última década. En 1998, el huracán Mitch ocasionó pérdidas equivalentes al 41% del producto interno bruto (PIB) de Honduras. En Maldivas, el tsunami de 2004 acabó con el 66% del PIB del país.

No podemos detener los terremotos, los tsunamis o los huracanes. Pero los riesgos naturales no tienen por qué terminar en un desastre humano. Los países, regiones, poblados y aldeas deben redoblar los esfuerzos e invertir en medidas sencillas y que permitan salvar vidas para reducir su vulnerabilidad a los desastres naturales y al cambio climático. En el próximo mes de junio, la Plataforma Mundial para la Reducción de los Desastres, una iniciativa impulsada por la Estrategia Internacional para la Reducción de los Desastres, con sede en Ginebra, reunirá a gobiernos, científicos, organizaciones no gubernamentales, las Naciones Unidas e instituciones financieras para determinar maneras prácticas para conseguir ese objetivo.

No tenemos por qué compartir la suerte del oso polar.