El desastre por los incendios en las islas no es culpa
del viento
Por Jorge Cappato, director general de
(La siguiente es una
adaptación de una nota publicada originalmente en el portal de PROTEGER -www.proteger.org.ar-).
Buenos Aires, 18 de abril de 2008 (RENA). Si bien la quema
de pastizales se ha usado como parte de las prácticas agropecuarias, a la luz
del conocimiento actual sobre conservación del suelo, protección de la
biodiversidad y mitigación del cambio climático, no hay duda de que se trata de
una práctica perimida e irresponsable. Esperamos que
Como se sabe, esta mañana la ciudad de Buenos Aires amaneció
cubierta por una espesa nube de humo que causó un aluvión de casos agudos
respiratorios. Las quemas en el delta del Paraná no ceden y los inconvenientes
con el correr de los días aumentan. El Gobierno dispuso el cierre de las rutas
9, 12 y 14 por la falta de visibilidad, mientras se suspendían aterrizajes en
Aeroparque. Oficialmente se reconocían 292 focos de incendio de pastizales en
el Delta.
Con los incendios intencionales, masivos y sistemáticos en
las islas del Paraná, un ecosistema vulnerable y de alto valor para la
biodiversidad y para otras actividades económicas de gran importancia, estamos
asistiendo a un desatino de grandes proporciones.
Monocultivos e impactos
Los humedales del Paraná se utilizaban hasta hace pocos años
en épocas de sequía, trasladando allí el ganado para que siga alimentándose con
el "forraje de islas", pero en los bordes de las mismas. Ahora hay un
impresionante cambio de escala -más de un millón de vacas sólo en el Delta.
Debido a la expansión agrícola, específicamente por el boom
de la soja, los grandes monocultivos han desplazado a la agricultura familiar,
a los tambos y empujado a otras áreas, como las islas fluviales, a la
producción ganadera.
Si uno viaja hoy entre Santa Fe y Buenos Aires, lo único que
se ve es un mar de soja. Ante la pregunta " ¿donde está el ganado?",
la respuesta es muy simple: las vacas están en las islas, ya no sólo en la
periferia, sino en toda la parte alta de las islas.
En este caso también, como en el caso de los desmontes para
soja, lo más barato para un productor irresponsable es prender fuego y hacer
uso de quemas sistemáticas, sin importar las consecuencias.
De este modo, la materia orgánica destinada a conservar el
suelo, al quemarse se transforma en dióxido de carbono y se inyecta a la
atmósfera, siendo este gas uno de los principales gases de efecto invernadero.
Es un desastre por donde se lo mire. Si las generaciones futuras tuvieran voz
estarían diciendo que esto es de una atrocidad, un egoísmo o una ignorancia sin
límites.
El humo y los problemas de salud derivados de la
contaminación del aire, son otras de las consecuencias largamente denunciadas
por organizaciones como el Taller Ecologista de Rosario desde 2004, cuando en
la temporada seca el humo de los incendios intencionales en las islas
entrerrianas, empujados por el viento del este hizo sentir sus efectos en la
ciudad.
Ahora Buenos Aires
Ahora lo que vemos es lo mismo, pero esta vez sobre Buenos
Aires y con un cambio de escala de características espectaculares, sólo si
consideramos que se han detectado unos 300 incendios intencionales en los
últimos días en las islas cercanas.
Es inconcebible escuchar que la culpa de lo que vivimos es
del viento, o que el problema es que las quemas “escaparon de control”. La
causa real es la magnitud de los cambios, la falta de planes de manejo
agropecuario sustentable y la carencia de una mayor capacitación y
concienciación de los productores.
Yendo un poco más allá, hay una necesidad imperiosa de que
No se trata de un discurso contra la ganadería, pero tampoco
es posible que los ciudadanos y el Estado sigamos pagando los costos de los
impactos económicos, sanitarios, sociales y ambientales de actividades
productivas que necesitan -insistimos- de un urgente ordenamiento y control.
Las cuentas completas
Además de las pérdidas de vidas humanas y haciendo un
balance estrictamente económico, nuevamente es necesario hacer "las
cuentas completas" de los costos que se están transfiriendo a la sociedad
y a otras actividades económicas: sólo hablando de transportes de cargas
detenidos, pérdida de horas laborales, trastornos en la actividad industrial,
movilización de fondos y equipos del Estado para atender a la emergencia y
gastos hospitalarios. La degradación de los humedales, la pérdida de
biodiversidad y la erosión de un patrimonio natural que tiene un enorme
potencial para el desarrollo de actividades como el turismo, por sólo citar una
de ellas, son otros tantos costos a incluir en el balance.
Tampoco es posible olvidar que las islas y humedales del Paraná cumplen funcionen absolutamente irreemplazables como mitigar las inundaciones y sequías, regular el clima, purificar el agua, recargar los acuíferos y alimentar los ciclos de reproducción y desarrollos de la pesquería fluvial más importante del país, entre otras.