Plásticos: ¿rentabilidad o salud?
Por Luis E. Sabini Fernández.
Periodista especializado en cuestiones ambientales y de cultura y vida
cotidiana; a cargo del seminario de Ecología y Derechos Humanos de
Buenos Aires, 16 de febrero de 2007 (RENA). Hace cuatro
décadas un buceador de las profundidades oceánicas, Jacques Yves-Cousteau, revelaba al mundo –algo que lamentablemente no
fue asumido por ese mismo mundo, nuestra sociedad–:
que los mares, todos los mares del planeta, tenían plásticos suspendidos en sus
aguas. Moléculas a veces microscópicas, pero allí presentes, porque su no biodegradabilidad les permitía eso; seguir navegando
indefinidamente en los oceános del planeta. No todo
era material plástico en dimensiones que no alcanzaba nuestra vista. Todos los
mares tenían también bolsas de plástico flotando (las que con la erosión se van
convirtiendo en aquellas moléculas sueltas) que las tortugas a menudo
confundían con medusas e ingerían para iniciar así su propia, prematura agonía.
No hace falta ser un especialista para registrar hoy en día
que todos los campos, ese lugar sagrado, asiento de la mayor parte de nuestra
alimentación, ?porque del suelo se nutren casi todos nuestros vegetales y buena
parte de nuestra alimentación animal? está
absolutamente invadido de materiales plásticos.
Nada tan triste como ver, por ejemplo, un campo cultivado
con criterio orgánico, haciendo una cama con humus, protegiendo el asiento de
la semilla con aserrín humedecido y, a la vez, ver por doquier jirones de
bolsas o restos de polietileno, de caños plásticos, desechos de una maceta, una
película usada como soporte o base de un manto o restos de bolsas,
semienterrados, festonando las camas o “tablones” tan preparados. Todos esos
trozos o restos de poliestireno, polivinilcloruro
(PVC), polietileno, PET, propileno, etcétera, con el paso del tiempo van
desprendiendo sus ablandadores, los temibles ftalatos,
cancerígenos, o moléculas todas ellas ”naturalmente” tóxicas.
Se han hecho, en países como Alemania, claro, no en países
como Argentina o Uruguay, investigaciones sobre eso que técnicamente se designa
como “migraciones”. En el caso de envases, se trata del desprendimiento de
sustancias que pasan (imprevistamente) al alimento. No es el pasaje de taninos
de la vasija de roble al vino, perfectamente buscado. O incluso del zinc al
agua potable en contacto con una chapa galvanizada, para que el agua provea a
quien la beba de un oligoelemento que puede escasear en la alimentación. No,
las migraciones de plásticos a alimentos son algo que sobrevinieron
impensadamente, que han resultado tóxicas, pero el complejo empresario que
"vive de” ello no está dispuesto a abandonar su negocio por semejantes
consideraciones.
Las investigaciones sobre migraciones han revelado un dato
intranquilizador: el calor acelera la cesión de material plástico. Al alimento,
si se trata de envases; al suelo, si se trata de material plástico allí
ubicado, y en consecuencia, al alimento que se nutra
del lugar donde se va descomponiendo ese plástico. Cuarenta grados centígrados
alcanzan para precipitar el ritmo ”migratorio”. Que es
una temperatura que fácilmente se alcanza en verano, sobre todo en áreas
cobijadas o recalentables. Eso es, por ejemplo, lo
que reveló hace ya veinte años la investigación ya citada, sobre migración de
un compuesto ftalático (DEHF, dietilhexilftalato).
También se sabe que las grasas y los alcoholes son
sustancias donde se alojan determinados componentes plásticos con mayor
facilidad. Particularmente, los plásticos clorados. Por eso, algunas
legislaciones nacionales prohíben el envasado de vinos o aceites en envases
plásticos (el plástico clorado por excelencia es el polivinilcloruro,
PVC, usado durante añares en Argentina y Uruguay como recipiente para aceite;
ha sido sustituido por PET sin que nadie ser enterara por qué. El PVC migra
también a otros líquidos que en él reposen o por él transiten; por eso tampoco
son recomendables las cañerías de agua de PVC, pero en estas latitudes se las
usa como “la solución económica por excelencia”).
Por todo lo anterior, un episodio electrónico durante el
primer semestre de 2003, donde se transmite que un médico, Edward
Fujimoto, de un Hospital Castle
se presenta en
En primer lugar, la falta de referencias
histórico-geográficas resultó llamativa. Pero era asimismo significativa la
pertinencia de algunos tramos de la información.
Fujimoto destaca en particular a
las comidas con grasa: “La combinación de grasa, calor y plástico hace que se
libere la dioxina y se quede en los alimentos ingresando así en el organismo.
Las dioxinas son cancerígenas y altamente tóxicas para el cuerpo.” Recomienda
entonces usar envases de vidrio o cerámica.
Luego aclara: “Tampoco es recomendable usar plástico para
tapar comidas calientes ya que el vapor se condensa y caen gotas que contienen
toxinas.” Se refiere a ingredientes del plástico que este material ha “cedido”
a las gotas que se han formado.
Estos dos párrafos registran un llamativo desplazamiento en
la denuncia, de “dioxinas” a ”toxinas”.
La verificación de la fuente mediante Internet, nos permitió
comprobar que el mensaje tenía todas las características del rumor difundido a
sabiendas. No hay sino que alegrarse de que un medio de difusión como las redes
electrónicas haya generado a la vez mecanismos de control, en este caso de
auto-control. Consultados varios sitios-e como SMIC Website
General Forum, TruthOrFiction, Urbanlegends,
Hoaxinfo, todos atribuyen el carácter de “invento
deliberado” al mensaje atribuido a Fujimoto.
Pero se produce un fenómeno muy interesante que hace
recordar al de la famosísima carta abierta del cacique suwamish
Seattle al presidente de EE.UU,
Franklin Pierce de 1855. Un siglo largo después, a
fines de los 70 se descubrió que el formidable texto de Seattle
era en realidad la composición que un guionista, Ted Perry, escribió a principios de los 70 en el s. XX para una
película (Home). El primer movimiento entonces fue la
decepción ante la falsedad histórica de la carta, la impostura que su difusión
implicaba, etcétera. Pero se produjo un segundo movimiento: Perry
preparó un texto tan formidable basándose efectivamente en un discurso de Seattle, de 1855 (o inmediatamente anterior), lo realzó tal
vez estilísticamente, pero se basó en las diferencias culturales reales que Seattle apuntaba. Fue el productor de la película el que
prefirió escamotear la autoría de Perry para darle ”mayor fuerza testimonial” a la película … en resumen:
la “carta de Seattle” tenía un inmenso valor, no
traicionaba los mensajes en juego (la depredación “blanca” y el respeto nativo
a la naturaleza, por ejemplo).
Con el episodio Fujimoto,
entonces, nos encontramos con algo similar. Todos los equipos verificadores y
desmentidores de rumores coinciden en que algunos al menos de los peligros
indicados en el mensaje apócrifo son verdaderos. Algunos niegan la existencia
de Fujimoto, otros han logrado verificar su
existencia (en el Hospital Castle de Honolulú) pero no lograron conectar la persona del médico
con el texto difundido y otros finalmente (es el caso de TruthOrFiction),
llegan no sólo a individualizar a Fujimoto sino que
verifican que el médico en el centro de la tormenta sostiene exactamente lo que
dice el mensaje: ”Una parte de este rumor electrónico es el resultado de una
entrevista que se le hizo al doctor Edward Fujimoto en el Canal 2 en Hawai, el 23 de enero de
El riesgo por consiguiente es que, una vez más, tiremos al
bebe con el agua sucia. En primer lugar, hay que darse cuenta que la difusión
de información bajo la forma de rumor, no favorece a la noticia sino, en
realidad, a quienes quieren escamotearla: porque el valor de la información se
desmerece y el descreimiento, una vez verificado el carácter de rumor, alcanza
a la cuestión en sí, no sólo al método empleado. Con lo cual uno podría
preguntarse si la propalación de rumores no puede devenir a su vez en un método
para quitar verosimilitud a cuestiones veraces...
Todos los verificadores del rumor que analizamos pusieron en
duda la formación de dioxinas en microondas. Pero todos recomiendan, por el
peligro de toxinas provenientes de envases o envoltorios de material plástico,
al menos del ”no fabricado especialmente para tal uso”, elegir más bien envases
de cerámica o de vidrio (como dice precisamente Fujimoto).
Alguno niega la exudación de material plástico expuesto al
calor e insiste en que solo el contacto directo con el alimento puede permitir
alguna cesión indeseada. Afirmación aventurada de los propios analizadores,
porque quien esto escribe ha verificado “la exudación” (algunas tapas de plástico ”ceden” material encima de platos o tazas
calientes; fácil es comprobarlo; se huele, y lo que olemos son moléculas
desprendidas).
La pregunta que abre este episodio es acerca del malestar,
del mismo malestar que hace ya décadas presentara Yves-Cousteau, de tener que lidiar con un material tan proclive
a ser tóxico. Sin que la sociedad haya asumido ese riesgo y menos todavía, haya
evaluado si quiere correrlo.
Hay una razón: la posición de la industria petroquímica, que
ha sabido encontrar los resortes para habilitar tales productos legalmente,
obstruyendo todo análisis, toda discusión sobre su calidad.
Para ello, la industria petroquímica ha encontrado valiosos
aliados en el personal político corrupto, pero sobre todo en el ciudadano
enceguecido por el sentido común dominante en nuestra sociedad actual, que pasa
por ubicar al tope de los valores sociales la comodidad. La industria
petroquímica nos ha vendido comodidad (debatible es si verdadera o falsa) al
precio de pasar a segundo plano otras cuestiones como la salud, la
contaminación ambiental y otras “paparruchadas” de gente poco proclive a “la
pujanza del progreso”.
Para viabilizar su ofensiva tecnocientífica,
la petroquímica y en particular Monsanto, que fue el
laboratorio estadounidense que ofició de ariete planetario para expandir los
plásticos en las décadas de los cincuenta y sesenta, se valieron de una
coartada santificadora: los límites. Los límites de tolerancia. Las autoridades
reguladoras le preguntaban a las empresas cuánto era el mínimo de determinado
agente tóxico que no se podía dejar de usar; las empresas presentaban su límite
práctico y las autoridades “resolvían” que la presencia de ese agente tóxico
(cancerígeno, mutágeno, que atacara el cerebro, los nervios o la fertilidad)
hasta ese límite era inocua y sobrepasado dicho límite, sí se tornaba “ilegal”,
por devenir tóxica. Pero ese límite no era el de inocuidad, como se invocaba,
sino el de operabilidad (de la empresa).
Así logró la petroquímica ”plastificar” nuestras sociedades:
persuadiendo a los reguladores con la idea de progreso (y a menudo, otros
agregados más materiales) y a la población en general con la comodidad basada
en una noción santificada de progreso, siempre instilada desde los medios de incomunicación
de masas. Hoy, los campos están plagados de residuos plásticos. Cantidades
infinitesimales de esos cuerpos están pasando al agua y a los alimentos que en
esos campos se cultivan. Porque las moléculas pueden incorporarse a través de
las raíces y por lo tanto, no alcanza con lavar los productos de la tierra.
Así es que en los mares, en los suelos y en muchos otros
momentos de nuestra vida cotidiana, tenemos que lidiar con sustancias tóxicas
cuyos fabricantes han descuidado, por decir lo más benevolente (por cierto, las
propias de los materiales plásticos no son sino una parte de ese capítulo,
lamentablemente mucho mayor; el escándalo actual con los PCBs
en
Eso es grave. En el sentido médico, porque puede producir la muerte. Y en el sentido político, porque hay que rendir cuentas. Y hacer rendirlas.