Una movida correcta en el hemisferio equivocado
Por Edgardo G.
Abramovich, experto en estrategias institucionales, políticas públicas de seguridad
y prevención. Fue Director Ejecutivo del Instituto de Política Criminal y
Director General del Programa de Seguridad Ciudadana, Buenos Aires, 2000.
Buenos Aires, 28 de septiembre (RENA). Muchas personas
llaman "experiencia" al obstinado automatismo de repetir los mismos
errores por cinco, diez y hasta treinta años.
De hecho, esas mismas personas se las ingenian para que tal
repetición de errores no lo parezca; son tan eficaces en el simulacro que,
incluso, llegan a convencerse a sí mismas de que el reiterado fracaso no es
sino un casual enredo de nuevas contingencias que apenas se parecen
a las anteriores.
Esta confusión entre experiencia y contumacia nos permite
pronosticar que el 22 de septiembre de 2007, una vez más, se va a proponer a
los millones de automovilistas del Área Metropolitana de Buenos Aires que
adopten "un día sin auto"; y una vez más, claro, la iniciativa va a
fracasar.
La explicación del fiasco, sin embargo, no va a provenir de
los especialistas en ingeniería vial, ni de los sociólogos estudiosos de los
comportamientos gregarios de las metrópolis, ni de los urbanistas. La
revelación va salir de la boca de algún poco conocido profesor de geografía.
Los urbanistas, los sociólogos y los ingenieros nos van a
hablar de la insuficiencia del transporte público, de la obsolescencia de las
redes viales primarias y secundarias, de la enfermiza dependencia del
automóvil, de la insolidaridad crónica del habitante metropolitano, de la baja
calidad de ciudadanía, de la inexistente conciencia urbana y territorial, de
las ingentes e irreparables pérdidas de tiempo en los traslados, del colapso de
la movilidad . Los politólogos, a su turno, nos van a
recordar la proverbial impericia del estado para comunicarse de modo efectivo
con los ciudadanos. Todo lo cual es cierto y, para peor, bastante más grave y
complejo de lo que muchos creen. Todo lo cual, si bien explica aceptablemente
por qué tenemos uno de los más lesivos y enredados tránsitos del mundo y una de
las más altas tasas de mortalidad vial, no alcanza para aclarar la repetida
imposibilidad del desafortunado "día sin auto".
Cuando le pasemos la palabra al profesor de geografía y
estemos dispuestos a oírlo, éste nos dirá: El planeta tiene un hemisferio norte
y un hemisferio sur. París y Roma, por ejemplo, están en el norte, y Buenos
Aires en el sur, y por eso cuando allá comienza el otoño aquí se inicia la
primavera. Eso es todo.
Bueno, casi todo.
El día sin auto no puede funcionar simultáneamente en los
dos hemisferios por la misma razón que las nueces, la garrapiñada, las pasas y
otros alimentos hipercalóricos que alegran
Para entender mejor cómo se relacionan nuestros malos
hábitos de festejo alimentario con nuestros peores hábitos de trasculturación
irreflexiva de iniciativas públicas, podemos remontarnos a
Para romper con la tradición religiosa y heterónoma, los jacobinos
decidieron en 1793 también reinventar el conteo del tiempo. Crearon entonces un
calendario propio - vigente apenas hasta 1805 -, cuyos meses asumían los
nombres de las cosechas y de los giros climáticos; superficialmente, podríamos
decir que reemplazaron el calendario de inspiración religiosa por uno fincado
en los ciclos de la naturaleza.
Al primer mes lo llamaron Vendimiario y a su primer día lo
ubicaron exactamente sobre lo que desde mucho tiempo atrás había sido el inicio
del año real, del año productivo: El equinoccio del otoño boreal, que en ese
hemisferio cae exactamente el 22 de Septiembre.
El 1º de Vendimiario, el primer día de actividad plena tras
las vacaciones de verano, es, entonces, el 22 de Septiembre, el día en que
recomienzan las clases, que las dotaciones de las oficinas y las fábricas
empiezan a completarse después del receso, que la cosecha de los frutos tardíos
ha concluido. La inciativa del "día sin auto" tiene, entonces, el
sentido de darse un día más de desaceleración, de poner a prueba en la primera
jornada de actividad regular la capacidad colectiva de emplear el transporte
público; es una conducta que - aún en sus aspectos simbólicos - solamente tiene
sentido adoptar justo en el borde del año real, pero jamás en el medio. Porque
no es lo mismo prolongar una inercia pasiva que tratar de interrumpir
abruptamente una inercia lanzada: treinta personas podrían empujar un camión
detenido, pero jamás detener uno que avanza a
Materialmente no es posible un Día Mundial sin Auto, como no
es posible un Día Mundial sin Sobretodo.
Sólo algo podría mitigar el riesgo de banalización de esta
iniciativa hasta el extremo del ridículo. Que le hagamos caso al profesor de
geografía y nos demos cuenta de que, cuando en París es Vendimiario, en Buenos
Aires es Germinal.
Advertidos de la diferencia, en 2007 agendaríamos la iniciativa para el equinoccio de otoño austral: El 21 de marzo, pasándolo al martes siguiente si cae en fin de semana. No hay garantía de que salga bien, y tanto los ingenieros como los sociólogos tienen sobradas razones para ser escépticos. Pero, por lo menos, tendrá sentido.